Mediados de agosto en Madrid. Noche calurosa donde las haya, me cuesta conciliar el sueño -siempre me ha pasado en época estival-. Como muchas otras veces, pensamientos recurrentes acuden a mi memoria mientras encuentro el lado más cómodo de la almohada. 

Esta vez, uno en concreto se queda rondando y comienzan a volar las ideas y textos mentales que las acompañan. Son de un viejo amigo que vivía en el Paseo de Los Melancólicos. Busco una excusa para que hoy no queden en simples conexiones neuronales antes de entrar en fase REM. En menos de veinticuatro horas, mi Atleti estrenará temporada en su nueva casa en calidad de Campeón. Qué mejor excusa.

Hace ya varios años que a mi viejo amigo le desahuciaron de aquella casa, privándole de cualquier recuerdo que dentro de ella se generó durante medio siglo. Le quitaron hasta lo que había sido su seña de identidad a lo largo de todo ese tiempo, como si quisieran borrar su memoria, hacer creer que aquello nunca existió. 

Recuerdo que el último día los huéspedes recogieron todas sus cosas rápidamente, como si no les hubiese dado tiempo de asimilar que ya nunca volverían a soñar dentro de ella.

Tiempo tuvieron. De sobra para conseguir -o por lo menos intentar- que quienes deseaban que allí nunca más se volviese a festejar un tanto, cambiaran de idea o que simplemente desapareciesen. 

Echando la vista atrás, allá por la época en la que esa casa tenía más parecido con el exterior de la nueva -y súper moderna- mansión, mi señor padre, asiduo a foros y páginas web en las que se dudaba y se luchaba contra aquella familia que llegó de Soria en el año 92, ya me advertía de los planes que estos últimos residentes tenían en mente. Yo no conseguía hacerme una idea de lo que significaría no poder ir nunca más allí. Eso es imposible -decía a mi padre mientras el estómago ardía a fuego vivo-. 

Tanta era la rabia, que decidimos -para proteger nuestra casa- no ir más. Éramos de los pocos que en pleno verano bajábamos desde donde estuviésemos pasando nuestras vacaciones para mostrar nuestro rechazo ante esta familia, mientras divisábamos a Poseidón haciéndole frente a las oficinas de la citada familia. Recibíamos calificativos tales como «locos» o «enfermos», y en el fondo seguramente lo estemos.

Mi Atleti volverá a lucir los colores -estos todavía siguen siendo los mismos- frente a su gente después de un largo periodo de tiempo. Es aquí donde surgen problemas, pues no toda su gente podrá disfrutar del Campeón en directo, de darle el cariño que hemos ido guardando durante todo este tiempo. A mí, que me quema el asiento cada vez que estoy ahí donde se ve a quienes prefirieron la comodidad del sofá a la dureza de las trincheras, me ha tocado ser uno de los afortunados que estará presente.

No puedo no acordarme de aquellas noches frías en los huesos, en las que el único calor que te abrigaba era la rabia contra aquellos que estaban en butacas abatibles con calefacción y televisión, hasta que en la butaca más importante, la que está a ras de césped, acudió un traje negro -con guadaña para los rivales- a hacernos la vida un poco más sencilla -o a enseñarnos a pelearla de una manera más eficiente y visceral-.

Es por eso que me levantaré, gritaré y animaré por los que un día estuvieron en las malas, en las muy malas y en las peores, y no han corrido la misma suerte que yo al poder estar allí. A los que nunca estuvieron, lo dicho, nunca estuvieron.

En esta calurosa noche veraniega busco el refresco en el frio hormigón humedecido por el Río.

Un texto de Rodrigo S.-

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